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Mi amigo Messi

Santi Grimau 10 de novembre de 2024 6 comments

Va per tu amic!

Quiero dedicar este capítulo a quien fue mi gran amigo Messi, que no es el Messi del Barça, actual jugador del Inter de Miami y de la selección argentina. Mi amigo Messi es otro personaje, casi tan famoso, pero en otro ámbito, el de sus amigos y en el profesional también, ya que regentó durante toda su vida la panadería-pastelería más famosa de la comarca. Hablo en pretérito porque, el pobre, falleció hace dos años. Una bellísima persona, con unos valores y una calidad humana como pocas. Me siento infinitamente afortunado, y también orgulloso, no sólo de haberlo conocido, sino de haber compartido con él gran parte de mi vida.

El nombre de mi amigo Messi es, naturalmente, muy anterior a la aparición del mejor jugador de futbol de la historia. De hecho, fue él quien un día, viendo un partido del Barça, como teníamos costumbre, nos habló por primera vez de un jovencísimo jugador de las categorías inferiores del Barça que, aseguraba, sería un crack, superando al mismísimo Ronaldinho que entonces era la gran sensación mundial. Como era muy aficionado a exagerar, le concedimos, digamos, una cierta prudente confianza.

Mi amigo, nació un 13 de marzo de 1946, el mismo día, pero un año más tarde que mi otro amigo, el chef Claude Marco. Nos separaba una cierta diferencia de edad que nunca nos significó ningún problema, probablemente porque él era muy jovial y yo más bien un chico excesivamente serio y maduro para mi edad. Conciliamos bien por carácter y por principios, y nos hicimos buenos amigos.

Messi, que es un diminutivo de Nemesi, ha sido el amigo con quien he compartido más horas de mi vida. Y, como podéis imaginar, lo echo muchísimo de menos.

Nos conocimos cuando yo tenía poco más de 23 años y él 42, compartiendo una misma afición: el bowling. Nuestras profesiones, él pastelero y yo restaurador, hacían que coincidiéramos en días de descanso y vacaciones. Aquellas coincidencias, sumadas a nuestra pasión por el deporte, acabaron por entrelazar nuestras vidas.

Hablar de Messi es fácil para quienes le habéis conocido pero explicar cómo era a alguien que nunca ha tenido la suerte de hacerlo es complicado. Lo definiría como un maestro, un ilustrado renacentista transportado a finales del siglo XX: culto, lector incansable y poseedor de una memoria infinita. Podías hablar con él de todo y a la vez aprender a su lado. Tanto daba si el tema era científico o banal, de fútbol o de política, si era un tema cotidiano del día a día o metafísico, incluso si derivaba hacia la fusión o fisión de los átomos. Daba igual, siempre salías habiendo aprendido algo. Mi amigo Lluís Blay, Sito para los amigos e íntimo amigo de Messi, le preguntaba a menudo:

– Com és que en saps tant?

Y Messi le respondía:

 – Perquè el que no sé m’ho invento.

Seguramente era broma… aunque a veces nos hacía dudar, al comprobar cómo siempre tenía respuesta a todo. 

Su fisonomía era muy peculiar y sus andares más. De piernas y brazos largos, andaba siempre de manera desgarbada dando largas zancadas como si estuviera midiendo el suelo. Melena rubia, sonrisa abierta y esos dos incisivos separados, hacía de él una persona “diferente”. Así es como lo definía Sito: – “Messi és…. diferent!”. Y tenía razón.

Sito, a quien adoro, es probablemente la persona más simpática que conozco y quien más facilidad tiene para entablar conversación con desconocidos. Y, además, siempre cae bien. Ahora mismo acabo de recibir un mensaje suyo que me explica que está en Navarra, en una fiesta organizada por la familia de Feli, su esposa, oriunda de allí. Me hace mucha gracia ver como a un catalán, que habla castellano con acento catalán cerrado, de izquierdas e independentista, como yo, es acogido con tanto entusiasmo y cariño por sus amigos y familiares de Cintruénigo. Y eso, a pesar de las diferencias políticas e ideológicas, incluso después de haberlas debatido abiertamente. Siempre le reciben con los brazos abiertos.

Este es el tono que me gustaría ver algún día en este país, si los políticos nos lo permiten, aunque lo dudo: el del respeto y la admiración por nuestras peculiaridades como pueblos diferentes que somos. Que no sean un problema, sino todo lo contrario, una riqueza que nos fortalezca y nos permita sentirnos orgullosos de compartir un proyecto en común, un estado federal en el que todos los pueblos que lo conformamos podamos convivir desde el reconocimiento mutuo, sin renunciar a lo que somos.

Sito explicaba siempre la misma historia que yo titulé: “La historia del guapo simpático y del no-guapo… y diferente”.

Siempre ocurría en la barra de algún bar de algún lugar sin importancia donde casualmente se encontraban los dos: uno, el simpático, consumiendo un cubalibre, y el otro, el diferente con su inseparable RAF (sé que el no-guapo y diferente allí donde esté no se enfadará por llamarlo así, al contrario, siempre se reía). Sito decía que cuando iban los dos a un bar siempre se repetía la misma escena. Él, Sito, de forma improvisada y natural entablaba conversación al instante con los tertulianos del lugar. Mientras que Messi, en cambio, tímido y prudente, permanecía al margen, en silencio.

Hasta que alguien, quizá para darle entrada, le hacía una pregunta. Bastaba con eso. Era abrir la boca y escucharle, decía Sito. Toda la atención de la barra se desviaba hacia Messi relegando a Sito un segundo plano, y cuando alguien le volvía a mirar era para decirle: “¡Hostia! ¡Qué caña, tu amigo!”

 

Messi a la izquierda de la foto junto a su gran amigo Sito

Recuerdo dos anécdotas, las hay a miles; una fue en Mijas. Estábamos los dos de vacaciones, jugando al golf, otra de nuestras locas e intensas aficiones. Una noche al salir de cenar del restaurante El Mirlo Blanco, nos disponíamos a regresar a nuestro hotel, caminábamos bajo un silencio absoluto, el pueblo dormía y no se escuchaba ni un alma, solo el crujido de nuestros zapatos pisando la calle. De pronto escuchamos a lo lejos unas notas musicales. Si una cosa tenía mi amigo era la dificultad de irse a dormir sin antes tomarse una copa. Decía que la necesitaba para digerir y conciliar el sueño. Algo de verdad había, pero todos sabíamos que no siempre cenaba como para necesitar su ginebra con Coca-Cola, que decía que era el mejor digestivo que existía.

Algo más había, y era que le encantaba ir al bar después de cenar – como el devoto que va a misa – y alternar con conocidos y con desconocidos también – éstos últimos, siempre y cuando fueran ellos quienes iniciaran la conversación, no sé si os he comentado que era muy tímido-. Aunque por lo popular y buena persona que era, nunca nos lo encontrábamos sólo. Era casi ritual como cada una de las noches de su vida adulta acudía a tomarse sus “tanganassos”, como los llamaba él. Muy mal tenía que sentirse para no encontrárnoslo sentado en la barra del Palmeral en una primera época, en el Ronisón, después, y últimamente en el Altre món. Los bares aparecían y desaparecían según las modas y épocas, pero Messi permanecía. Tal era su devoción por la noche que un día le pregunté:

  • Messi, ¿no te cansas nunca de salir todas las noches?

Me respondió que muchas veces sí.

  • Entonces, ¿por qué sales?” -le insistí.

Me soltó:

  • Porqué la noche que no salga y rompa la costumbre, la siguiente vez que quiera hacerlo mi mujer me preguntará adónde voy, por qué salgo… Así que me obligo a salir cada noche.

Una de nuestras aficiones y que se nos daba bien practicarla, -hasta logramos competir en división de honor- eran los bolos, el bowling. Ahora mismo me río por dentro recordando sus pasos previos a lanzar la bola. Primero, su posición de salida recordaba más a la de un “caganer”, esa figura tan catalana que muchos conoceréis. Partía muy agachado pero lo realmente desconcertante era verle dar solo tres pasos, cuando cualquier jugador hacía cuatro o cinco. Este estilo tan peculiar no le impedía ser un grandísimo jugador… y un mejor compañero.

En una de nuestras salidas nos tocó ir todo el club a competir a Aranda de Duero. Era costumbre antes de salir de copas acudir a algún buen restaurante a homenajearnos con una buena cena. Éramos un grupo especialmente animado, tanto que a menudo se nos unían jugadores de otros equipos que preferían venir de farra con nosotros antes que con los suyos. Durante la cena en el Asador de Aranda, Jordi Abellán, “Toti”, otro de mis grandes y queridos amigos, protagonizó una escena desternillante con el camarero que aún hoy forma parte de la memoria colectiva del Sitges Bowling Club. Toti es de esos a los que les gusta el contacto físico: abrazar, tocar, palpar, siempre sin segundas intenciones. Estaba sentado, con el camarero de pie a su lado tomando la comanda, conversando animadamente, mientras, de forma casi inconsciente, le iba tocando la pierna.

Empezó por la media caña y, poco a poco, su mano fue subiendo… sin que él se diera cuenta.

Hasta que el camarero, al notar ya la mano a la altura de la rodilla, le dijo, impertérrito y con exquisita educación:

—No suba más, caballero.

Nos fuimos, bien contentos y bien cenados, a tomar una copa a un local que nos había recomendado el imperturbable camarero protagonista de la anécdota. Era una sala de fiestas muy elegante, con pequeñas mesas redondas y sillitas aterciopeladas, un poco rancio pero muy auténtico. Al fondo había un gran escenario, casi un teatrillo, donde los clientes subían a cantar. El nivel de canto era sorprendentemente alto, muy profesional, aunque nadie parecía prestar demasiada atención al cantante. Los presentes, la mayoría parejas de cierta edad, elegantemente vestidas, quizá demasiado, estaban absortas en sus conversaciones en torno a las pequeñas mesitas redondas, juntándose mucho unos a otros para poder escucharse mejor.

Fue entonces cuando Toni Morató y Manel Zapater, tuvieron la osada y traicionera idea de apuntar a Messi a la lista de voluntarios para subir a cantar. Sin avisarle. Incluso le escogieron la canción, la famosa copla “El tatuaje” de Conchita Piquer.

Llegó el confabulado momento y el conductor de la velada, ayudado de su micrófono y desde lo alto del escenario llamó al siguiente cantante:

–Por favor, demos una cálida bienvenida a nuestro siguiente invitado: ¡Don Messi Pascual!

Messi, enfrascado con Sito reviviendo la escena del camarero con Toti, no se había enterado de nada. Sorprendido, pero no disgustado dice:

-M’estan cridant a mi?

-¡Sí sí! ¡A tu!-

Nos miró, sonrió, como diciendo: Ei cabrons! M’he l’heu fotut amb traïdoria y se levantó. Sin saber siquiera qué iba a cantar.

Messi presumía de saberse más de dos mil canciones, aprendidas escuchando la radio durante sus largas jornadas en el obrador. Nadie ponía en duda. Todos sabíamos que tenía una memoria prodigiosa. Lo demostraba aprendiéndose con mucha facilidad los guiones de los personajes de teatro que tenía que representar, porque también era actor. De hecho, fue uno de los actores fundadores de la compañía de teatro La Cubana que, por falta de tiempo libre debido a su oficio, tuvo que dejar. Lástima porque tenía madera, y sobre todo una vis cómica extraordinaria.

Una vez en el escenario y sin que nadie le prestará atención, salvo nosotros, empezaron a sonar los primeros acordes. De pronto el Messi tímido y discreto se transformó en la bestia de actor que llevaba dentro, y … empezó a cantar la primera estrofa:

Él vino de un barco de nombre extranjero

Bueno, cantar no cantaba, más bien recitaba. Eso sí, lo compensaba con una interpretación desbordada. Sobreactuaba con tal intensidad exagerando cada palabra, cada emoción. Gesticulaba sin medida, de manera desproporcionada, aportando más intensidad y más vigor a la escena, que sin quererlo, resultaba cómica.

Parece mentira cómo una persona que por naturaleza es tan tímida logra transformarse así sobre un escenario, perdiendo todo pudor y vergüenza. Dicen que los mejores actores son tímidos; supongo que, al interpretar un papel, dejan de ser ellos mismos, y eso les ayuda a desinhibirse.

Algunos de los nuestros se escondieron tras las cortinas de la sala, víctimas de la vergüenza ajena. A él, ninguna, al contrario, le encantaba.

Cantaba tan mal que, ya en la primera estrofa, parte del público empezó a girarse para ver qué estaba pasando. Mostraban caras de asombro, de desconcierto, estaban completamente abrumados por lo que estaban presenciando pero a la vez no podían dejar de observarlo. Messi recorría el escenario de un extremo al otro con sus grandes zancadas y sus exagerados aspavientos, arrodillándose, dramatizando. Ya daba igual cómo cantara: tenía a toda la sala en sus manos. Todo el público estaba absorto viendo al artista dándolo todo. Hasta que llegó el momento más culminante, el final, cuando abriendo fogosamente su camisa con un gesto teatral declamó:

Mira su nombre de extranjero
Escrito aquí, sobre mi piel
Si te lo encuentras, marinero
Dile que yo muero por él

Todo el público de la sala se puso en pie para aplaudirle y vitorearle, como si de un torero se tratara. Así era Messi.

Vuelvo a Mijas. Caminábamos de noche, de regreso al coche, cuando, de pronto, escuchamos a lo lejos unas notas folclóricas acompañadas de voces

Nos miramos.

– ¿nos acercamos a ver qué es?

Nos adentramos en una de aquellas calles blancas y solitarias. Hay que situarse: aunque Mijas es un destino turístico, era noviembre, entre semana y ya había pasado la medianoche.

Llegamos frente a una típica casita andaluza cuyos bajos habían convertidos en bar. Lo dedujimos por un rótulo luminoso pero apagado anunciando Coca-Cola. En el interior había una barra con un camarero de aspecto muy andaluz que atendía a dos de los cuatro únicos clientes que había en la sala, todos con el mismo aspecto también muy andaluz. Una pequeña tarima en el fondo de la sala con dos músicos, uno al cajón y otro a la guitarra, y un cantaor, el más joven de la estancia, que interpretaba cante jondo de una forma tan sufrida como hermosa.

Entramos.

Y todos nos miraron como si fuéramos extraterrestres. ¿De dónde habrán salido estos guiris a estas horas? Debieron pensar.

La situación se volvió aún más extraña cuando Messi pidió las bebidas con su extremado acento y seseo catalán. Nos sirvieron nuestras bebidas: el gin cola de Gordons de siempre para mi amigo y para mí un White Label con Ginger Ale que al final tuvo que ser JB con cola. Para romper el hielo los músicos retomaron la canción, cosa que agradecí porque me estaba empezando a sentir muy incómodo. Al cabo de un rato, un hombre de la barra se gira hacia mí:

—¿Qué hacéis por aquí? ¿De dónde venís?

Le respondí y le presenté a Messi, que ya acompañaba con palmas.

Bastó eso.

Empezaron a hablar, se añadieron a la conversación el barman y otro cliente, y al poco rato estaban todos cantando y haciendo palmas entorno a Messi. Los cubatas comenzaron a llegar, invitados por unos y por otros, alineándose en la barra sin darnos tiempo a beberlos.

Cuando quisimos darnos cuenta, casi era de día.

Como decía mi amigo Messi, las noches mágicas no se programan, aparecen cuando menos te lo esperas. Y esa noche fue una gran noche muy mágica.

 

Messi con una de sus grandes aficiones

Tengo mil anécdotas con Messi. Como, por ejemplo, una de las veces que fuimos a esquiar.

Teníamos por costumbre ir a la Vall d’Arán a esquiar todos los lunes y martes de invierno. Aquel día yo acababa de estrenar un Toyota Célica, serie limitada Carlos Sainz, un bólido para aquella época, 1993. Cómo no sabíamos cómo se comportaba sobre la nieve y aquel invierno había nevado mucho, se nos ocurrió ir a probarlo en el parking de Baqueira Beret. Un aparcamiento inmenso que, de noche, quedaba totalmente vacío. Así que fuimos y empezamos a dar trompos y a levantar nieve, revolucionando el motor al límite. Se ve que debimos armar mucho escándalo ya que los guardias civiles, que estaban tranquilamente acuartelados al final del aparcamiento – no habíamos advertido que había cerca un cuartel de la guardia civil –, vinieron corriendo provistos de sus armas a rendirnos una visita. De repente, si darnos cuenta, nos habían rodeado encontrándonos de frente con uno de ellos encañonándonos con su subfusil. Acojonados, nos mandaron salir a punta de metralleta con las manos detrás de la cabeza. La situación se puso muy tensa hasta que Messi empezó a hablar. Pidió perdón, se llamó a sí mismo insensato, capullo, dijo que merecíamos todos los castigos del mundo… pero que solo queríamos probar el coche para aprender a controlarlo sobre la nieve y evitar accidentes – porque nosotros nunca llevábamos cadenas, faltaría más –. Que habíamos venido de noche, sabiendo que el parking estaría vacío, precisamente para no poner en peligro a nadie. Todo ello, naturalmente, suplicando, improvisando… actuando. El guardia civil que llevaba la voz cantante se relajó, bajó el arma y nos dijo:

  • ¿Pero no veíais que a apenas cien metros teníais todo un cuartel de la guardia civil que os estaba escuchando y viendo?
  • La verdad es que no, agente. Si no, no lo habríamos hecho.
  • Bueno… Pues la próxima vez, en lugar de venir aquí, id al parking de Beret. Allí no vive nadie y nadie os podrá ver. Es donde vamos nosotros cuando queremos probar un coche.

Hizo una pausa, miró el Célica y añadió:

  •  Por cierto, vaya pepino… ¿cuántos caballos tiene? ¿Es la réplica Carlos Sainz, verdad?

Total, que nos fuimos habiéndonos hecho casi colegas de los guardias civiles.

Es lo que tenía Messi que caía bien a todo el mundo.

Un día, subiendo hacia la Vall d’Arán a toda leche, como era habitual, adelantó en el túnel de Vielha una larga fila de coches – antes no había línea continua y se podía avanzar – Apuró tanto que el vehículo que venía de frente tuvo que arrimarse a la pared para evitar el choque. Fue todo tan justo que ambos coches acabaron parando del susto. Y, claro, el coche que venía de cara era… un Patrol de la Guardia Civil. Yo no iba ese día, pero me descojono cada vez que Sito lo cuenta: cómo Messi se fustigaba, lamentándose de que los podía haber matado, que era un criminal, que no merecía vivir, dándose golpes en la cabeza contra el coche. Hasta que uno de los guardias, viendo el supuesto ataque de pánico, tuvo que calmarlo diciéndole que no había pasado nada, que nadie había sufrido daños y que se tranquilizara. Debió de ser tan convincente, que ni siquiera lo multaron.

Podría explicaros mil anécdotas suyas, mis años a su lado dan para muchas, y muy divertidas, pero lo que más echo de menos son nuestras conversaciones; qué divertidas eran y cuánto aprendí escuchándole. Un día le presenté a mi amigo Rafael Borràs Betriu. Por su inteligencia y sus conocimientos intuí que conectarían, y así fue. 

Desde entonces tomamos la costumbre de reunirnos el último viernes de cada mes para comer en un restaurante de Barcelona. Después de comer nos permitían continuar la tertulia, a puerta cerrada, durante toda la tarde. Hablábamos de todo, y especialmente de política. Eran conversaciones ricas y estimulantes, sin discursos proselitistas ni luchas de ego.

Messi y yo, cuando estábamos a solas, también teníamos nuestras charlas de carácter más personal. Parece curioso que, incluso hoy, entre hombres no sea habitual ese grado de confianza – todavía existe cierto pudor al tratar según qué temas-, pero a nosotros nos daba igual. La confianza que nos teníamos el uno al otro nos permitía hablar sin reservas. Han pasado más de dos años y pienso que todo está cambiando mucho demasiado deprisa. Seguramente, uno de los motivos sea que ya no está físicamente entre nosotros. Al fin y al cabo, siempre fue el gran aglutinador de amistades, siempre estaba rodeado de amigos y no tan amigos. Es lo que pasa cuando uno es generoso -y él lo era mucho-: no todos los que le rodeaban estaban por amistad, algunos estaban por simple interés o por una simple copa pagada. Pero Messi lo tenía muy claro. Sabía perfectamente quiénes eran sus amigos y quiénes los gorrones. Y, aun así, nunca hizo un feo a nadie.

Son tantas las historias vividas y compartidas con él que, por un lado, reconforta recordarlas, es una forma de tenerlo siempre presente, pero, por otro, también nos recuerda que ya no está.

Creo que ninguno esperábamos una muerte tan rápida. Sabíamos que estaba enfermo, que tenía un cáncer de próstata, pero él nos decía que estaba bajo control. Aunque no nos lo acabábamos de creer porque sabíamos que había metástasis, algunos queríamos creer, al igual que él, que era inmortal.

Cuando ingresó en el hospital los Camilos y lo acomodaron en un ala destinada a los enfermos con necesidades de cuidados paliativos, me reuní con mi amigo Sito.  para advertirle de que el hecho que lo ingresaran en dicha planta significaba que la situación era más grave de lo que nos pensábamos, cosa que su familia todavía no era consciente. No pasaron ni tres días que los doctores reunieron a la familia e informaron de la terrible situación.

Recuerdo que el día anterior a su muerte lo fui a visitar. Al despertarse de los efectos de los sedantes que le administraban, me vio y sonrió, mostrándome sus dos incisivos, graciosamente separados. Me pidió si podía hacer algo para que el televisor le quedara a la altura de los ojos, que tal y como estaba colocado tenía que forzar el cuello. Le dije que sí. Se me ocurrió sacar el cajón del mueble para que sirviera de alza para el aparato. La ingeniosa solución le puso muy contento y me hizo el gesto del pulgar hacia arriba, muy característico de él. Al cabo de un rato llegaron sus hijos Anna, Xavi y Miquel. Recuerdo que se enfadó porque no habían traído buñuelos para las enfermeras. Hizo que Xavi llamara deprisa a la pastelería para que los fueran preparando para irlos a buscar. A lo que me presté voluntario para así dejarle a solas con sus tres hijos. El día siguiente, sobre las nueve y media de la mañana, iba camino de Sitges a hacer un reparto para después de regreso ir a verlo, cuando sonó el móvil. Era Sito.

  • El Mestre ja no hi és.

El entierro fue multitudinario, como era de esperar. Sonaron dos canciones de su amigo Pau Riba que no pudo asistir por problemas de salud y que, apenas una semana después, también falleció.

Hubo discursos muy bonitos recordando cómo era, genio y figura. Sito estaba abatido igual que muchos de nosotros, no podía contenerse las lágrimas. Él o yo deberíamos haber subido a decir unas palabras; él no estaba en condiciones y yo no encontré el coraje para hacerlo. Desde aquel día me siento avergonzado, por culpa de mi timidez, de no haber estado a la altura y expresar, ante sus familiares, amigos y allegados unas palabras que expresaran lo mucho que lo he querido. Debía, pero no hice nada; me quedé allí de pie apoyado contra la pared intentando aceptar que ya no estaba entre nosotros. Por eso he querido dedicarle este capítulo. Sé que le habría hecho ilusión. Porque mi amigo Messi tenía muchas cualidades, pero la mejor de todas era que quería profundamente sus amigos.

Va per tu amic.

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